Fue en ese momento cuando el dibujante lo entendió todo: el mar no destruye el dibujo sino que lo recompone, lo transforma en huella, en rastro de lo que fue, lo arrastra. Más aún, durante unos segundos el agua penetra en los surcos trazados en la orilla, para crear un inesperado y fugaz dibujo, tan efímero como la vida de la espuma de una ola al reventar. Las olas dibujan.



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